MADRID, 24 de septiembre de 2026 — El compositor rosarino Fito Páez alzó la voz para defender el patrimonio del rock en castellano y alertar sobre el olvido intergeneracional de Charly García tras repasar su trayectoria en recintos de Madrid y Buenos Aires.
En Portada
- Fito Páez advierte sobre la pérdida de memoria colectiva tras constatar que sectores jóvenes desconocen piezas cumbres de Charly García.
- El músico rosarino desglosa su etapa formativa como teclista en la banda de Piano Bar y define la obra de García como un pilar arquitectónico.
- Frente a la uniformidad algorítmica del mercado comercial, Páez reivindica la resistencia de la belleza y clausura su intervención interpretando «Desarma y sangra» al piano.
El aula de espaldas al público: la escuela escénica de Piano Bar
Durante su participación en el programa televisivo Otro día perdido, conducido por Mario Pergolini, el autor de El amor después del amor revisitó uno de los episodios cruciales de su juventud: su reclutamiento en 1983 como teclista y arreglista en la formación de directo de Charly García, poco después de su paso por la Trova Rosarina. Aquella experiencia, que derivó en la creación de hitos como Clics Modernos y la grabación en directo de Piano Bar junto a músicos de la talla de Willy Iturri, Alfredo Toth y Pablo Guyot, funcionó como un conservatorio acelerado de composición y disciplina performática.
Pergolini interrogó a Páez sobre una singularidad estética de aquellas presentaciones en vivo: la disposición física de Fito tocando su sintetizador de espaldas a la platea. Lejos de interpretarlo como un desaire, el pianista rememoró la audacia vanguardista del líder de Serú Girán: “Hay que preguntarle a Charly. Nunca lo dijo. Pero más allá de ello, era hermoso; hay que pensar que Charly, aparte de ser un compositor increíble, es un performer y un director. Me sirvió porque aprendí un montón”. Aquel esquema escénico obligaba al músico a focalizarse en la interacción rítmica interna de la banda, despojando al concierto de cualquier artificio efectista y priorizando la precisión armónica.
La fractura de la memoria: “Una ciudad que no recuerde a Charly es muy fuerte”
El núcleo de la reflexión de Páez trascendió la anécdota biográfica para abordar un fenómeno que diagnostica como una fractura en la transmisión cultural. El músico relató el impacto que sufrió al organizar un concierto retrospectivo íntegramente centrado en el repertorio solista y grupal de García, donde comprobó con sorpresa que un sector notable de la audiencia más joven no lograba identificar himnos fundamentales de la lírica latinoamericana.
“Una ciudad que no recuerde a Charly es muy fuerte. No es un episodio pasajero”, sentenció Páez con visible preocupación. Para el artista de Rosario, el cancionero de García no representa un catálogo nostálgico, sino una crónica social que documentó con lucidez quirúrgica los claroscuros de la historia reciente, desde la opresión dictatorial retratada en La grasa de las capitales hasta la transición democrática plasmada en Yendo de la cama al living. La desconexión con ese cuerpo poético y armónico supone, según su diagnóstico, un vaciamiento de las herramientas críticas de la sociedad.
El edificio cultural frente a la retórica del enfrentamiento
Al analizar los debates contemporáneos sobre la hegemonía y la confrontación ideológica en las artes, Páez descartó las simplificaciones dialécticas para colocar el foco en la salvaguarda de un patrimonio construido a lo largo de más de un siglo. “Hay un edificio que es la cultura argentina”, argumentó el autor, quien trazó una línea de continuidad orgánica entre el tango, el folclore de raíz y el rock urbano.
Páez subrayó que figuras cardinales como Atahualpa Yupanqui, Carlos Gardel, Gustavo ‘Cuchi’ Leguizamón, Litto Nebbia, Luis Alberto Spinetta y el propio Charly García componen una misma “máquina emocional” que articula la memoria sensible de los pueblos. Ante la fragmentación del tejido artístico, propuso una respuesta constructiva y comunitaria: “Tenemos que empezar a juntarnos un poco más entre todos y decir: ¿qué hacemos para que esto esté bien?”. Para el músico, la pedagogía cultural en escuelas, medios y salas de conciertos resulta indispensable para garantizar que las nuevas generaciones reconozcan la excelencia de sus predecesores.
Resistencia lírica frente al consumo estandarizado
El análisis de Páez incluyó también un cuestionamiento severo a las dinámicas de producción y escucha impuestas por los algoritmos de las plataformas digitales. El compositor advirtió que, desde finales del siglo XX, irrumpieron en la industria global “géneros o subgéneros musicales que después fueron usados para detener el alma humana”, señalando cómo la estandarización rítmica y la simplificación armónica operan como sedantes que neutralizan el pensamiento crítico y la búsqueda trascendente.
Frente a esta coyuntura de homogeneización sonora, Páez proclamó un manifiesto ético y creativo: “Voy a pelear hasta el último día de mi vida para que la belleza siga reinando en el mundo”. La afirmación despertó la ovación unánime del plató y sintetizó el ideario que el músico sostiene en sus directos internacionales, donde la instrumentación orgánica, la complejidad orquestal y la poesía comprometida se erigen en trincheras estéticas.
La lección final frente al teclado: «Desarma y sangra» como testamento vivo
Como rúbrica a su alegato en favor del patrimonio musical, Páez tomó asiento frente al piano de cola del estudio para interpretar una versión desnuda y solemne de «Desarma y sangra», la célebre pieza compuesta por Charly García para el disco Bicicleta (1980) de Serú Girán. Con una ejecución caracterizada por el dominio de las modulaciones cromáticas, el tratamiento sutil de las tensiones armónicas y la expresividad vocal, el rosarino ratificó en directo la vigencia técnica e inmortal de una partitura que desafía cualquier moda temporal.
Esta reivindicación del cancionero clásico dialoga directamente con la actividad en vivo del artista, quien continúa llenando grandes auditorios como el WiZink Center en Madrid o el Sant Jordi Club en Barcelona. Páez demuestra que la preservación de la gran música popular no se logra mediante homenajes estáticos en vitrinas, sino manteniendo las canciones latiendo sobre las tablas, transmitiendo su pulso y exigiendo que la memoria permanezca despierta.